lunes, 16 de abril de 2018

Krishnamurti, la palabra que no cesa.

Textos para Sanar


Amor, compasión implica inteligencia suprema,
no la inteligencia de los libros, de los eruditos y de la experiencia.

Esa inteligencia es necesaria a cierto nivel;
pero cuando hay amor, compasión,
lo que existe es la quintaesencia de toda inteligencia.

No puede haber amor y amor sin muerte,
lo cual implica el final de todas las cosas.
Entonces hay creación.

Y ese orden solo puede existir cuando hay suprema inteligencia.
Y esa inteligencia no puede existir sin la compasión, el amor y la muerte.

Esto no es un proceso de meditación sino de investigación profunda.

Una investigación llena de un gran silencio, no “yo estoy investigando”.

Un gran silencio, un gran espacio.

Aquello que es esencialmente amor y compasión y muerte,
es esa la inteligencia, la cual es creación.

La creación existe cuando están presentes la muerte y el amor.
Todo lo demás es invención.



Martes, 23 de julio de 1985
Saanen (Suiza)


                      
Se puede uno imaginar el rostro de la señora Besant cuando el 2 de agosto de 1932, Krishnamurti disolvió la Orden de la Estrella. Atrás quedaban años de locura, de iniciaciones y esoterismo a diestro y siniestro. Atrás quedó el reino de fantasía más glorioso que el género humano haya vivido antes. Imitaciones de países "de nunca jamás", paisajes de Lewis Carol y los "mundos de Oz" que nos quepa imaginar.

De todo ese tiempo transcurrido, desde el nacimiento de Krishnamurti, habían pasado ya 37 años. Años de locura, de preparar a un señor para que se alzase con el trono del mundo. 

Una maquinaria cargada de dinero y de pretensiones personales. Desertores de las divergentes iglesias europeas, místicos herederos del ensueño inglés al estilo Dunsay. Romanticismo infantil proveniente de tierras inglesas donde en esos años se debatía entre la plena revolución industrial y el misticismo tardío que nos llegaba del lejano imperio indio.


Dos personajes primordiales marcan el devenir de la sociedad teosófica; la señora Besant y el clarividente obispo Leadbeater. La primera digna de mis mayores elogios; mujer sincera, luchadora, inteligente e intensamente metafísica en sus escritos, pero por desgracia influenciada en sus últimos años por el entorno obsesivo y perturbado de la Sociedad Teosófica.

Del segundo me quedo un antiguo ejemplar referente a los protectores de la naturaleza, lo demás poco se salva de mi biblioteca. Al parecer pretendieron en esta última etapa de la Orden de la Estrella, imitar un portal de Belén viviente. Nada más ni nada menos que en el mismo seno de la sociedad que con tanto amor levantara la mítica Señora Blavastky.

Los doce apóstoles, los cuales por dignidad no resaltaré sus nombres y por supuesto la "virgen maría"; nombrada entre ellos como “La madre del mundo”.

De todo este chiringuito concebido con el paso de los años y a cuya sombra creció el joven Krisnhamurti, lo que más me fascina es el principio de todo; el descubrimiento del niño.


Sucedió un 10 de febrero de 1909 en Adyar (India). 

El señor Ledbeater mantenía la costumbre de bajar a bañarse a la playa junto a sus ayudantes. Allí presenció al niño Krisnha que chapoteaba junto a su padre y su hermano Nitya.

A la vuelta, en los bungalows, Ledbeater manifestó al doctor Wood que había presenciado el aura más hermosa que jamás habían contemplado sus ojos. Krishna en aquellos tiempos era un niño desnutrido, delgado y sucio. Sus costillas asomaban bajo la piel, manteniendo una tos persistente, sus dientes estaban torcidos y usaba el cabello según la moda de los Brahmines del sur de la india; rasurado la frente hasta la coronilla y cayendo por detrás, en trenza hasta bajo de las rodillas.

¿Quién fue Krishnamurti?

¿Qué magnetismo expandía, que era capaz de seducir a científicos artistas, reyes y pensadores de todo tipo?

Su tremenda sinceridad y sobre todo su presencia, una voz penetrante, directa y sencilla. Su profunda visión de cuanto nos rodea y la experiencia de quien ha vivido una eternidad, lo señalan como el gran maestro de los últimos tiempos.

La imperturbable personalidad que mantuvo durante noventa años; impávido y fiel a sí mismo. Lo definen como alguien especial, dotado de la más alta filosofía.

Aquel que una tarde de agosto se atrevió a disolverlo todo y bajar de un trono, esa sombra que desde niño se le había impuesto; nada más y nada menos que el de ser el instructor del mundo; Un Cristo para la nueva era que se avecinaba.

En esa tarde de Agosto en Omenn (Holanda) ante 3.000 personas, Krisnhamurti no conquistó el mundo pero si se venció así mismo.

Yo sostengo que la verdad es una tierra sin caminos,

Siendo imposible acercarse a ella por ningún sendero,

por ninguna religión, por ninguna secta.

que no surja del interior de uno mismo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario