lunes, 3 de julio de 2017

Mark Rothko o la Música Pintada



"La gente que llora ante mis cuadros vive la misma experiencia religiosa que yo sentí al pintarlos.

Y si usted, tal como ha dicho, sólo se siente atraído por sus relaciones de color, entonces se le escapa lo decisivo".






Mark Rothko nació en Letonia, en una ciudad de dificil nombre de pronunciar; Daugavpils, allá por el 1903. Desde su niñez sufrió la polaridad que enfrenta lo religioso y un ateísmo extremo por parte familiar. Su padre Jacob fué un intelectual con ideas revolucionarias contrarias a la corte zarista de Rusia. Por eso no es de entender que a los cinco años fuese inscrito en el Jéder, al contrario que sus tres hermanos, donde encontró el camino místico del Talmud.



Se cree que su niñez estuvo plagada de adversidades y pesadillas, con la amenaza constante de una represión violenta por parte de las autoridades Rusas hacia los judíos, ya que se les acusaba de pregonar un levantamiento revolucionario.

En palabras del propio Rothko:

"Los Cosacos se llevaron a los judíos del pueblo hacia los bosques, y les hicieron cavar una fosa común... Imaginé esa tumba cuadrada tan claramente que no estaba seguro si realmente la masacre había ocurrido durante mi existencia. Siempre estuve atormentado por la imagen de esa tumba, y que de alguna manera profunda estaba encerrada en mi obra pictórica."


Y cuando al parecer se hizo realidad la amenaza por parte de los represores rusos no le quedó más remedio al padre de Mark que huir a Estados Unidos en 1909. Hasta 1913 no pudo reunirse su madre Anna, con el padre y sus  hermanos.

No me cabe la menor duda de que algo de su alma quedó en los frondoso bosques de Gauja.



Sucedió que casualmente presenció una clase de arte en el Art Students League de Nueva York, los alumnos realizaban un bosquejo de una modelo desnuda, y en ese momento cambió para siempre el sentido de la vida de Mark (de fomentar el cambio social y el derecho de los judíos pasó al cambio interior, a la búsqueda de un sentido más profundo de su alma). Contaba ya veinte años de edad.


Estudió arte con el artista Max Weber, pero su carácter independentista y autodidacta le hizo escaparse con su círculo de amistades a Lake George y Gloucester, en Massachusetts. Donde llevaría largos periodos sumidos en la bohemia y la desesperanza de los años de la gran depresión. Pero Mark cargaba con el espíritu que habitan los bosques antiguos y junto a Mozart creaba una atmósfera sublime mientras pintaba, dejándose llevar por los sentidos. Desafiando el país, la miseria familiar sumida tras la prematura muerte de su padre en 1914.




Su primera exposición fue en 1933, el 21 de noviembre en la galería Contemporaly Arts Gallery de Nueva York. Ese fue un principio, luego vino la búsqueda de la no forma, su cosmos particular de entender lo religioso. 

El lirismo de Rothko carece de antecedentes pictóricos, su alejamiento de lo representativo hace plantearnos el sentido de la abstracción desde la no plasmación de lo figurativo. La sencillez absoluta, lo quimérico, el interrogante sin un planteamiento físico. 

Mark Rothko estaba hecho de otra materia, unido al pensamiento de lo no conceptual, la mente clara y gloriosa que nos acerca con una simplicidad absoluta a lo místico y lo iluminado. Aquello que está más allá de lo cercanamente razonable.


Se casó con Mary (Mell) Alice Beistle, ilustradora de dibujos infantiles. De dicho matrimonió nacieron sus hijos; Kate y Christopher.

Se suicidaría mucho años más tarde, el 25 de febrero de 1970, después de legarnos su testamento definitivo en la capilla de Houston, sus llamados; "Los Poemas de la Noche"

La gran batalla contra un mercado corrupto hasta la saciedad, degradado y corrompido, tratando la obra de Mark como mera mercancía. El desafío de su hija Kate contra la fundación que comercializaba su obra unida a la lucha por conseguir que acataran los fines socioeducativos que imperaban en el testamento de Mark.

Pero... esa es otra larga historia. La otra parte de la historia que tanto detestamos.

Una cosa es obvia; Mark Rothko no estaba ya para estar aquí.


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