domingo, 28 de agosto de 2016

Emile Flogë y la Carta Imaginada




El Beso
Gustav Klimt


De porque suceden las cosas… 

Ha muerto mi amor, el amor de mi vida. El hombre que me condujo con su mano de oso a la seducción y hacia una pasión ilimitada.

Han pasado muchos años, apenas quedan ya signos de tanta efusión, ni entusiasmo sobre mi cuerpo ni bajo mi alma.

Ya no quedan signos ni señales del paso de ese hombre al que me entregara en cuerpo y espíritu; tal como se origina en la pintura. 

Yo le amaba más que a mi vida, no era más que una niña de apenas doce años cuando le conocí; y él era por entonces mi profesor de pintura y "el todo".

Yo, para sus ojos, tan solo era la pequeña Danaecomo, tal cómo a él gustaba llamarme cuando para mí representaba lo absoluto.

Y ahora... ¡Qué sorpresa! 
Cuando en el lecho de su muerte recibo la noticia que menciona mi nombre solicitándome; ¡Emilie! ¡Emile! ¡Emile!


¡Cuanto has tardado en acordarte de mí! 
Ahora que no queda nada, ahora que ya no estoy; ahora que tan solo queda un buen puñado de memorias disueltas y recuerdos diseminados. 

Me queda, eso sí, la complacencia de saber que todo cuanto vivimos no se quedó en la nada ni en el vacío. 

Se quedarán allí esos momentos... para siempre; en Hietzing contigo, enterrando nuestras nostalgias y sueños. 

Más, comenzábamos a vivir...amor, comenzábamos a vivir.

Los paseos por los bosques de Kammer, nuestro pequeño embarcadero en el lago Atter.

Me llevo tu beso, el beso entregado de alguien que me hizo mujer y que me amó como nadie pudiese, ni fuese capaz de hacerlo sobre esta tierra. 

Me llevo los vestidos, las modas y telares. Me llevo París, Venecia, Ravena... no puedo resistirme. 

Y me llevo a ti, que te conocí tanto como nadie pudiera hacerlo; me llevo todo a ti mi señor Klimt.

Me dejas muchos instantes amor, me dejas el aroma de tu boca, tus abrazos cercados por tu pecho excesivamente velludo. 

Ahora que te marchas, definitivamente de mí; aunque ya lo hiciste mucho antes, me pregunto.

¿Por qué no me llamaste amor? 

Ya me lo comentaron quienes vieran tu friso, sin tu saberlo. Preludio de muerte sin duda, dijeron. 



Ya me lo dijeron amor, que te marchabas dejando tanta belleza tras de ti...

Yo hubiese ido amor, te hubiese cerrado los ojos y sellado mi adiós con otro beso más y otro y otro... 

Te fuiste amor mío y nada más que por nombrarme en tu último suspiro me veo obligada a perdonar tus desmanes y tus amoríos, pues siempre fui una romántica. 

Fue un tiempo muy feliz, un tiempo de dicha y diversiones donde jugábamos a conquistar el mundo y atrevernos hasta con el mismísimo panteón de los dioses.


Te digo adiós con toda mi alma, eso si;  desde una lejanía lo más defensiva posible. Ahora que otro hombre, y muchos hombres... han compartido mi lecho.

Fuiste bueno, un hombre que luchaba como una fiera en el bosque, un dulce salvaje que amaba con la intensidad de los relámpagos y las tormentas. Un hombre que me elevara a las colinas y a los confines del oro; tal como a ti te gustaba en llamar dicha conquista.

Esa fascinación tuya por lo refulgente, por lo exageradamente sensual, esa manera de percibir el espíritu... 

La belleza impúdicamente manifestada, la belleza de la feminidad como diosa de los viejos altares. Sagrarios de conquista, sensualidades y miradas.

Nuestro viejo Renoir te esperará, el pequeño Egon Schiele rezará por ti. Y yo me quedaré con el beso, ese último beso que quedará manteniéndose inconcluso y no en ese beso de despedida que nunca me diste. 

Me quedaré también con todos los besos que no compartiste conmigo, los haré todos míos, con o sin tu permiso.

Con ese primer beso siendo yo aún muy niña, también con ese beso sobre las aguas del lago Atter, con aquellos besos en Venecia o en París, frente a esa destartalada masa de hierro... 

Pero deja permitirme quedarme tan solo para mí con el beso del cuadro, donde ya me caía y sabiéndolo; aún me resistía. 

Donde me sujetabas para no perderme y donde yo me entregaba a sabiendas que sería mi beso; el último y único beso de mi vida. 

... Aún a sabiendas que detrás de él; todo cuanto llegaba era caída y desencanto.


Emile Flogë y la Carta Imaginada
R. Reina Martel



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